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La Coctelera

Respuesta escueta (y merecida) a dos comentarios

Confieso que me he debatido durante largo rato en el problema de si contestar o no a los dos últimos comentarios que he recibido sobre mi primer artículo. Están escritos por una tal Marta y un tal Javier. ¿Por qué diablos me he debatido? ¿Es que, como podrá ver el lector inteligente, las dos frases escuetas y vacías que he recibido, y que todo el mundo podrá consultar en el apartado "Comentarios", no son lo suficientemente ilustrativas en lo referente a la nula necesidad de ser contestadas? He estado pensando si realmente merecía la pena escribir un poco, perdiendo así una cantidad de tiempo que quizás algún otro ejercicio se merece más que este; he consultado incluso al oráculo, y me ha aconsejado que, por lo menos por amor propio, debía esgrimir una contestación. Ha dicho así: contestación. Eso a mí me suena a pocas palabras. Quizás, Marta y Javier, con vuestra intervención no merezcáis más que unas pocas letras para salir malparados de una coyuntura argumentativa. Sería vanidoso, efectivamente, si no fuera porque estoy siendo absolutamente sincero.
Lo primero de todo: no se me hace ningún daño si no es con argumentos. Todo el mundo sabe que empezar una argumentación contraria a otra debe empezar por decir algo así como "usted (o tú) no tiene(s) razón". Efectivamente, Marta muestra competencia en este asunto, porque empieza diciendo: "no tienes razón". Su amigo Javier, por lo menos su amigo argumentativo, empieza con tan buen pie como ella, mediante la clásica apología de los argumentos de otro. La debacle se inicia ahí, justo ahí: "Sant Cugat es el mejor sitio del mundo". Esto necesita de una aclaración, porque si yo en efecto no tengo razón, ¿a qué será debido? Debo suponer, en primer lugar, que la argumentación ha sido postergada para otro día en que nuestros amigos tengan la mente un poco más clara. Sin embargo, eso es suponer demasiado, quizás. Creo que se han dedicado con mucha simpleza a intentar ironizar infructuosamente sobre el texto con la típica actitud del ciudadano contento de sí mismo. Esto es, la actitud habitual e innecesaria en nuestros tiempos, actitud de vacuidad de reflexión.
En segundo lugar y para terminar (creo que ya es demasiado por mi parte, y corro el riesgo innecesario de aparecer como un viejo filósofo irritado), este tipo de contestaciones como las que he recibido dañan por lo general el panorama intelectual del momento, pues dan fe de la escasa formación y desinterés de las clases sociales más "avanzadas" (no me explico de quién pueden venir unas palabras tan pobres, tan autocomplacientes que no necesitan de argumentación, tan pretendidamente -sólo pretendidamente- irónicas). Pues lo que suscitan es piedad, quizás un poco de miedo cuando uno piensa en que las opiniones de una gran cantidad de jóvenes se reducen a estas intervenciones falsamente felices con la vida y la ausencia de argumentación. Otro día, si es necesario (esto es, si Marta y Javier se deciden a construir algo así como un texto en el que brillen razones, da igual a qué nivel) podremos contar con un arsenal más específico, pues pienso que tan pocas e ingenuas palabras ya han suscitado mucho texto por mi parte.

Atentamente,

Torre Negra

Sobre mi nombre - Respuesta a un interesado

He recibido un comentario a mi último artículo. El comentario es breve, escueto, cortés, alentador. VeídeSantCugat me llama "Benvolgut Torrenegra", y pregunta porqué no me doy a conocer con mi nombre y apellidos. Es extraño. He de reconocer que he sentido un poco de vergüenza, y después una especie de resentimiento abstracto hacia los registros del padrón. VeídeSantCugat no tiene la culpa. El simplemente pregunta. Pero yo tampoco conozco su nombre. Diría que no me doy a conocer con mi nombre y apellidos por unas razones muy fáciles de entender: 1) La principal es que no creo en la fuerza de un nombre para expresar una realidad. A menudo los nombres son simples abstracciones de aquello que nombran. No me creo al Pseudo-Dionisio, ni a Gregorio Palamas, ni a los filósofos rusos del lenguaje del siglo XX, cuando dicen algo así como que la fuerza expresiva de una realidad está contenida en su nombre. Como si tras el nombre, tras el sustantivo común o el nombre propio, pudiéramos aprehender sin problemas aquello que es la cosa, lo nombrado... todo eso me huele a teología, de la más negativa; 2) Me molesta sobremanera esta manía moderna de registrar e identificar con nombres y apellidos. Si pudiera elegir, haría como los griegos, construiría un nombre a mi modo y manera juntando dos características muy mías... sin embargo mi nombre me vino dado. No pude hacer nada para evitarlo, ni para eludir un registro, ni para negarme a que me fabricasen esa tarjetilla siniestra que llaman dni... 3) Parece que escribir bajo seudónimo otorga una aura de misterio y lo leído se hace más interesante; 4) Los temas que trato podrían herir sensibilidades concienzudas, sobre todo a los partidarios del orden social emergente. Prefiero escudarme un poco, soy miedoso por naturaleza.
Tras esta escueta exposición, agradezco a VeídeSantCugat el sólo hecho de molestarse en escribir una/s líneas referentes a mi ideario. Ha sido un detalle apreciable. Y si se queda más tranquilo, puede llamarme, de nombre, Torre, y de apellido, Negra.

La Saga/Fuga de J. B., de Torrente Ballester - El hombre y el eterno conato de aislamiento

Este libro clásico plantea un problema crucial. Es un problema político, si queréis, y sin embargo profundamente humano. Porque los seres humanos no son seres aislados, envueltos en la grasa del solipsismo, sino entes permeables, atravesados constitutivamente por la naturaleza y lo que últimamente se llama entorno. A mí no me gusta ese término porque conserva el significado central que se ha dado al hombre en la historia del pensamiento, occidental o no. Lo que está fuera, lo que nos rodea, está en torno a nosotros, esto es, que el hombre es un centro que recibe y procesa las fuerzas naturales, además de las otras subjetividades -y que por lo tanto recibe en su seno la naturaleza tanto como la sociedad. Pero eso no es del todo cierto. ¿Es que hay tantos centros como personas hay en el mundo? ¿No tiene esto, todavía, algo de geocéntrico, de etnocéntrico, de todos esos adjetivos bajo los que subyace la soberbia humana? Se recae en un solipsismo recuperado si se utiliza esa palabra. Medio es algo más acertado, pues el medio es medio en sí mismo, sin intervención humana. Sin embargo, semánticamente me provoca también desazón, pues parece que ahora somos nosotros los que vivimos en medio de algo, algo que nos trasciende y nos influye indefectiblemente, y que escapa a nuestro control. No voy a proponer un término. No soy capaz de acuñarlo sin sentir un poco de vergüenza. Creo que con una simple frase, nada sistemática y por supuesto sujeta a múltiples interpretaciones, podría definir aquello que entiendo como la relación del hombre y la naturaleza: “lo más profundo es la piel”, decía André Gide. “No creo en las profundidades”, sonreía Josep Pla a Joaquín Soler Serrano, precisamente en torno a la frase de Gide. Esto es: el hombre no es centro de nada, ni del mundo, ni de sí mismo, sino una especie de membrana hipersensible que encierra sensaciones, emociones, pensamientos. Los encierra como un envoltorio de plástico fino contiene al agua: consistente y dificultosamente. Los contactos del hombre con la naturaleza no lo son con el entorno, ni con el medio: ni siquiera son “contactos” de dos realidades opuestas o diferentes. Hombre y naturaleza son la misma realidad, y los dos términos son separables únicamente mediante una abstracción hecha con el pensamiento -humano-. Por esa razón el pensamiento ha confundido a menudo al hombre: porque se ha concebido a sí mismo separado de la naturaleza, cuando la verdad es que la razón es un simple modo de ser de aquella.
La Saga/Fuga de JB recupera este problema. Una comunidad humana, la que conforma Castroforte del Baralla, ha vivido durante siglos en el más perfecto aislamiento, que surge cuando un pueblo sólo se acuerda de sí, mientras que los demás, aquellos que quedan fuera, lo olvidan adrede: ciudad “misteriosamente soslayada por los cartógrafos”, Castroforte tiene una historia propia, una elaboración tanto más detallada de mitos propios cuanto que nadie ni nada que no haya surgido de su interior ha colaborado en la formación de su imaginario -excepto quizá el Almirante John Ballantyne, marinero irlandés que al fin acaba por liberar Castroforte de los franceses y pasa a formar parte de su panteón estimado. Ni siquiera las poleis griegas reconocían para sí ese tipo de aislamiento total, de independecia moral e histórica que Torrente Ballester atribuye a su ciudad imaginaria. No podemos más que considerarla un símbolo: pero ¿de qué? Símbolo, en primer lugar, del amor a la tierra. Esto es, de ese enloquecido clamor por los paisajes, los ríos y las montañas sobre los que vive una comunidad. El apego a la Mater Terra o matriz de nuestros cuerpos. Símbolo, en segundo lugar, del amor por una historia concreta y propia, tanto más cuanto que ha sido construida por los propios ciudadanos ilustres que han habitado Castroforte (en el libro, toda la saga de los J. B., que después de la muerte pasan a ser mitificados ellos también como entes imaginarios, heroicos, fundadores). Es el sentimiento de pertenencia o apego a una historia colectiva, matriz de los espíritus. Estos dos símbolos son aplicables a cualquier comunidad o grupo, con la diferencia de que en Castroforte los poderes administrativos que ejercen desde el exterior (Villasanta de la Estrella, la diócesis de Tuy, Madrid) nunca han sido partícipes de la construcción de una identidad colectiva, pues la Saga se mantiene en un riguroso secreto generacional; en todas las comunidades, casi sin excepción, la intervención de un poder extraño colabora siempre en la constitución futura de una identidad colectiva (mestizajes, apropiaciones lingüísticas y religiosas, etc...). No ocurre así en Castroforte, como he dicho, y eso creo que me autoriza a discernir en el libro un tercer nivel simbólico: el propio del aislamiento o solipsismo colectivo. En efecto, la ciudad de Castroforte tiene una peculiaridad que forma parte de su idiosincrasia general: levitar sobre la tierra. ¿Cuándo ocurre esto? “Cuando está ensimismada”, dice el protagonista individual, José Bastida. Cuando una misma cuestión, un mismo miedo, una emoción común de temor recorre las calles y las almas de Castroforte acaece un fenómeno sobrenatural y eminentemente simbólico: la levitación, el alejamiento de la ciudad del resto del mundo, dejando bajo sí un rastro de tierra removida y raíces arrancadas, rodeándose de una espesa niebla impenetrable. La ciudad vuela. Se ensimisma. Se aísla, se separa del mundo, encriptándose en sus preocupaciones de identidad, sometida al más estricto miedo a lo extraño. Coincide que, cuando Castroforte levita, siempre es debido a alguna idea relacionada con el temor a la pérdida de la identidad histórica (entrometimiento de las autoridades centrales, inquisiciones de los párrocos de la iglesia, que siempre han considerado el ideario castrofortino como sacrílego y pagano).
Antes dije que esta obra planteaba un problema político. Sin embargo, en toda la digresión que seguía a este aserto no se ha mencionado para nada la política. He debido esperar a hablar del libro para sonsacarme este tema. He debido rondar por la filosofía, hablar un poco de ontología. ¿Qué sentido ha tenido ese rodeo?
Es muy importante. Algunos suelen decir que a ellos les parece muy bien plantear las cosas filosóficamente, para justo después aclarar sus palabras con un “pero prefiero hablar del día a día...” Muy bien. Igual que yo. Yo hablo del día a día. De los trabajos y las horas. Del tiempo que pasa. De lo que ocurre en el mundo, en el de otros y en el mío. Y ahora, ¿qué querrán decir esos hombres del día a día? Repito: es muy importante. El aislamiento, el solipsismo, no como tema filosófico, sino como tema político, y cómo no –y esto lo dejará bien claro-: ético...
Antes dije que la razón, el pensamiento humano, no es más que un modo de existir de la naturaleza. Este motivo spinozista me lo creo de verdad. Ahora aclaro que la naturaleza tiene muchos modos de existir. Los cuerpos, en general, son un modo de existir de la naturaleza. Creo que este presupuesto me autoriza a afirmar que el hombre no es más que una membrana poco sólida permeada constantemente por fuerzas naturales, por el dinamismo insaciable de la Natura Naturans. Sin embargo, como procesador de esas fuerzas, él mismo es Natura Naturans, al mismo tiempo que Natura Naturata: objeto y sujeto de creación constante. ¿Nos autoriza esa “membrana” a hablar de un adentro y un afuera? Metaforicemos: un tejido, cualquier tejido resistente. ¿Resiste la permeación del agua? Y si lo hace, ¿resiste la de un punzón de hierro? Ocurre lo mismo con el pensamiento: ¿resiste un ser humano en el solipsismo, una comunidad en el aislamiento? Para nada. La influencia no deja de hacerse sentir, en forma de emoción, de sensibilidad, de trastocamiento de nuestras ideas más estables. Camino por la Rambla del Celler, a mediodía, es la hora de comer. Mi cuerpo permanece en el conato instintivo del hambre. Ahora, veo un rostro. Se parece a alguien: al hijo del Dalmau. El Dalmau era, hasta hace menos de un mes, un gran amigo de mi padre. Murió, enfermo. No puedo evitarlo, y es cierto, no puedo: una vaga emoción, brumosa, sube por mi cuello, y creo ciertas horribles imágenes en las que veo a mi padre muerto. Pero mi padre está vivo. Está en casa, esperándome junto a mi madre, con un plato de col y tocino humeante sobre la mesa. Ni siquiera sé si aquella cara hirsuta y demacrada pertenecía al hijo del Dalmau. Acabo de traicionar un pacto que realicé conmigo mismo, hace unos meses, según el cual iba a expulsar esas ideas tormentosas de mi cabeza costase lo que costase. En fin, una sensación incierta provoca una emoción vana y trastoca en parte mis ideas. La influencia se ha consumado. Tras la membrana, tras la piel, todo trabaja, todo crea. Pero la membrana es simplemente la vía de comunicación entre dos lugares. Ni siquiera hay adentro ni afuera, sino acontecimientos en cadena, concatenados, ordenados según el azar o la naturaleza de las cosas.
Volvamos al tema: el solipsismo, el aislamiento. James Joyce nos mostró cómo podía ser la vida interior de las personas, estas que caminan por la calle día tras día, con paso pesado hacia el trabajo o hacia el bar, con ojeras o con rostro rutilante, a la fábrica, la oficina o el colegio. El monólogo de Molly Bloom es la corona de esa técnica discursiva que por medios artificiales nos da esa cruda realidad que es el pensamiento común, del día a día, de una mujer frustrada, encallada en el adulterio y en los recuerdos rancios, en las ilusiones un tanto mustias de una mujer de edad avanzada aunque de buen ver. La vida interior, esa creación inagotable de pequeñas vidas, los recuerdos, las imágenes, las vergüenzas y los odios minúsculos son torbellinos psíquicos rapidísimos, acontecimientos que hemos convenido en llamar “interiores”, pues suceden tras la membrana; sin embargo, están concatenados con otros sucesos que acaecieron cuando la membrana estaba ligada a ellos, tales como el adulterio cometido, la visita a un hotel, etc. Hasta la más profunda vida “interior” -para ser más exactos: el cavernoso fluir de la psique- debe reconocer su ligazón indisoluble –rompible sólo por el paso del tiempo, que nos liga a otros acontecimientos- a los acontecimientos del supuesto “exterior”.
Lo he dicho antes con referencia a Castroforte del Baralla: toda sociedad, o para ser más exactos, comunidad humana, construye su “identidad” a partir, o “en”, la influencia. La influencia siempre es mutua. Los asentamientos humanos, en valles, colinas o montañas, son permeables al paisaje, al agua que recorre la tierra y que la limita, al mundo animal y vegetal, y además, a otros asentamientos. Los poderes extraños nos permean. Tocan la membrana hipersensible del reducto comunitario. Abrazan los valores de una sociedad, los moldean de forma diferente, los trastocan introduciendo en ellos otro tipo de legitimidad, otro tipo de verdad, sacuden estructuras. Hasta el punto –ese punto álgido del pensamiento- de que tampoco al hablar de sociedades se puede usar la dicotomía “interior/exterior”. La influencia, como movimiento absoluto de la naturaleza, nos hace creadores y creados.
He ahí el problema político: ¿nos daremos cuenta de una maldita vez de nuestra permeabilidad? ¿de que como sociedad no somos más que una membrana que se estremece a cada momento? ¿de que un “ensimismamiento” como el de Castroforte no lleva más que a dos cosas: a la levitación, a la huida, a la evasión, al querer ser otra cosa que la naturaleza, o a una Guerra del Peloponeso entre poleis irritadas? Quizás no seremos capaces de cambiar la historia. Y cambiar la historia es trocar lo que ella tiene de repetición. Ahora todo parece cambiar. Todo se ha renovado. Los valores modernos parten del presupuesto de que cambian la historia. Sin embargo, mirad bien, en las entrañas de la modernidad: la liberación de la mujer conduce no a una verdadera liberación, sino a un nuevo racismo de género –que es el mismo, repetido, aunque a la inversa: el macho es un ser degradado... El antiracismo conlleva un racismo a la inversa: el hombre blanco es el degradado ahora... Esos valores no cambian nada. No existe liberación por el momento. Y eso es debido a la insistencia, vanidosa, del ser humano en crearse una identidad con piel de cocodrilo.
He ahí el problema ético: la creación de unos valores basados en el “antiensimismamiento”. Al final del libro, Castroforte levita por última vez: esto es, se aísla de forma total en los cielos brumosos de las Rías de Galicia. De ahí su "Fuga" final, la fuga o evasión de una Saga que, por autoaislamiento, ha perecido en una identidad ya insostenible. El problema ético fundamental que plantea este hecho es, lo quisiera o no su autor: basta de solipsismos, de aislamientos, de tejidos impermeables; he ahí mi consigna: ¡convertíos en membrana!

Boda catalano-irlandesa (Sant Miquel del Fai - 15 de septiembre de 2006)

Bajo la luz cruda que imita los antiguos cirios, el techo bajo y abrupto, de piedras milenarias, austero, sin columnas ni frisos, de la iglesia de Sant Miquel del Fai, se celebró ayer una boda catalano-irlandesa. El oficio fue corto, emotivo en algunos puntos. Los humanos allí congregados pasaron el rato entre bostezos, rezos de ojos cerrados y susurros un tanto fanáticos, lagrimillas, un par de sermones letárgicos -del Génesis y de la Carta a los corintios, en inglés-, miradas cómplices seguramente secretas y disimuladas, ojos lelos clavados en cualquier piedra... El clímax se alcanzó en el instante en que dos sentimientos muy profundos, el amor por Dios -el dios católico- y el amor por una mujer -no católica- se unieron en el novio provocándole una traqueotomía emocional que lo dejó sin palabras... Instantes después, finalmente se comulgó: todo el sector irlandés cumplió solemnemente con su deber haciendo cola tras la mano del cura; del sector catalán, la gente prefirió observar con algo de asombro a sus combodriotas: ya sabían lo del aperitivo...
Este fue una cosa colosal: jamón con vino, gambas al ajillo de un fresco casi inigualable, brochetas de rape de Cadaqués con un punto de mostaza, salchicha catalana... Una delicia. Una banda magistral de charleston y swing, de cuatro componentes y sin percusiones, hizo mover hasta a los más viejos...o sólo a ellos. Fue la parte más auténtica y fresca del día; la menos preparada, la menos pensada. Un placer, amenizado por el lugar: una inmensa roca hueca bajo cuyo gris resonante se amalgamaban las personas tocadas ya por los primeros vapores del alcohol, libres aún de la pesadez gástrica de los manjares graves y del tedioso sentimiento de la sobremesa; y la lluvia, torrencial, daba a las caídas de agua que permean la montaña un grosor vigoroso, sonoro, honorable. Con franqueza.
Una injusticia: el arroz de primer plato. Los comensales tuvimos que soportar tres largos speeches con el plato delante. Los discursos, en sí, no estuvieron mal: apelaban -con diferentes grados de cultura general, acompañados en ocasiones de alguna mención no del todo acertada a los autores clásicos (G. B. Shaw, Kavafis, Descartes)- a la comunidad de las almas que se puede establecer entre Catalunya e Irlanda, los puntos en común y las diferencias, que en un día como ese todo el mundo se supone que debe obviar. Mezcla de idiomas, traducciones, palabras, en fin, flujo de verborrea en ocasiones inteligente, en ocasiones simples veleidades o cumplidos; y mientras tanto, seguramente debido a un error de cálculo en la organización, el montoncito de arroz con ceps se secaba, ya frío, sobre los platos expectantes... Lo he dicho antes: ese arroz fue una injusticia. Sin embargo no echemos toda la culpa a la palabrería: en sí, estaba mal cocinado. Justo lo mismo sucedió con la carne del segundo plato: seca, demasiado hecha. Es curioso cómo, cuando dos comunidades distintas se unen para comer, la que siempre sale bien parada es la que no tiene gastronomía o entiende menos de ella. Un arroz con un poco más de aceite, cogido en su almidón, y una carne más rápida, sin hornear, a la plancha incandescente, cuarenta segundos por lado: divinidades que un irlandés no puede reconocer como tales.
Pese a todo -hay que decirlo- quedé notoriamente sorprendido frente a la jovialidad irlandesa, esa que a nosotros, catalanes mediterráneos, nos es mucho más difícil hacer subir al rostro. En ese tema hubo un fatal desequilibrio, en el que colaboraron también el grupo de canarios, supuestamente facilotes de ánimo. Nadie se movía, al principio, excepto las hordas de gaélicos, a corro, en vertiginosas vueltas; sus sonrisas, francas, jóvenes; su alegría era literalmente total. Nosotros tuvimos nuestro momento, con la sempiterna y trillada sardana. Sin embargo, no puedo evitar que la sangre hierva en mi cabeza con renovado brío cada vez que oigo los primeros compases; me levanté y alcé las manos, y entre pocos conseguimos lo que los irlandeses no consiguieron por sí mismos en toda la noche: que el bando contrario bailara al son de nuestra música. Eso quiere decir muchas cosas: entre otras, que efectivamente a ellos les cuesta mucho menos bailar; y que a nosotros no nos cuesta demasiado que nos hagan caso.
Al final, la hermandad era completa. El alcohol proliferaba. Las mujeres se habían quitado los velos y se oteaban bellezas en ambos bandos. Las lenguas se articulaban de maneras no acostumbradas. Logré incluso que uno de ellos me hablase de James Joyce. Supe que allí todo el mundo lo conoce, y mucho. Saben bien dónde estaba su casa. Es un héroe literario nacional. Y exactamente como ocurre aquí, casi nadie lee a sus grandes compatriotas; es la globalización, dicen. Parece que la incultura, o lo que se llama, para ser exactos, un deshilachado cultural fragmentario, es lo que predomina tanto aquí como allí, como en todas partes. O al menos, de todo el pastiche catanyol-inglés que hablé y escuché, eso es lo que dedujeron mis oídos ebrios.

Sobre el ciudadano neurótico en Sant Cugat - Más sobre la ideología del civismo

Se puede llamar contaminación alérgica a según qué reacciones concretas. Un ejemplo es el clásico sobresalto nervioso de un vecino neurótico, ese vecino que invade las calles de nuestra ciudad, frente a la omisión -llamémosle así- de una acción que, en nuestros días, se considera imprescindible: la acción "cívica". Hoy, día 20 de julio de 2006, se me ha confirmado la tendencia demoníaca que diariamente asole cotas inopinadas en nuestra ciudad, esa tendencia de la política contemporánea y de la sociedad correlativa a ella que lamentablemente se llama civismo. ¿Qué es el civismo? ¿Lo vamos a decir claro de una vez? Es, como leo en el Diari de Sant Cugat, en primer lugar una forma de hacer creer a los ciudadanos que tienen poder. Como la democracia en sí misma, el civismo es esa ideología política que otorga la ilusión esa tan extraña para mí, esa que dice: "entre todos lo haremos todo". ¿Entre todos? Los ciudadanos colaboran, como he observado en una de las Cartes dels Lectors, en la identificación, la más mezquina identificación de una vecina que no recoge las mierdas de su perro. Lo que esto provoca es gracia, pero una risa amarga, como la que, en los libros de historia, me sobrecoge al leer cómo al final de la guerra unos vecinos delataban a otros. Es producto de un resentimiento sin igual, y digo sin igual porque es un resentimiento pacífico y anónimo, sutil, que actúa como un pedazo de seda que corre el peligro de transformarse en un tejido rugoso como el mimbre. Eso rasca. Chivatos. Un ciudadano así es lo que quiere el poder, un ciudadano que sea capaz de denunciar a sus iguales y de reclamar más poder, más poder, más mano dura contra los incívicos. Me da en la nariz que se está perdiendo el norte en estas cuestiones...
Por otro lado, tenemos la cuestión de la Patrulla Verda, también en la misma sección del mismo diario. He insistido en anteriores artículos en el lenguaje que se utiliza en los discursos públicos referentes a la ideología del civismo. En esta carta he hallado una cumbre lingüístico-léxica en lo que a eso se refiere. Hablando de los "incívicos" (término que cada día me produce más y más sonrisas), se dan al uso expresiones como "pintar las paredes impunemente", "amargar la vida de los vecinos yendo con vuestros ciclomotores trucados", "atendiendo a vuestra condición de verdaderos expertos del incivismo más cruel" "habéis tomado bien la medida a una policía ordinaria": todo esto, amigos, todas estas expresiones, no deben ser toleradas, deben ser castigadas, y no publicadas como expresión fidedigna de las capas sociales de la ciudad. Ese lenguaje rasca el cerebro, duele, porque es penitenciario, maniqueísta, mezquino, propio de un Estado Religioso, fanático, delirante en el mal sentido. No me equivoco, cada día lo creo más, cuando llamo a la ideología del civismo clamor delirante por el orden y la disciplina. Estos ciudadanos, la mayoría de los cuales han llegado a nuestra ciudad en los últimos años, estos que enarbolan su ideología delirante, estos, no son de aquí; ya era hora de que alguien lo dijera bien claro: NO SON DE AQUÍ. ¿Hay alguien más que no sea de aquí????

Diálogo sobre el civismo (en varias partes): Parte I. Exposición general de intenciones argumentativas

La distinción entre orden y civismo que establecí en mi último artículo pudo no ser entendida. Allí diferenciaba entre un orden natural y el concepto de civismo. El orden natural lo encontramos en la naturaleza y en el sentido común: la razón nos dicta unos principios, en lo social casi en su totalidad pragmáticos, según los cuales hay que imponer unas directrices a una masa social desbocada que llamé caótica. Es evidente per se que eso que se ha llamado an-arquía no es sólo inviable, sino indeseable. Es completamente sencillo entender esto: que el caos social son siempre flujos descontrolados de pasiones humanas. La autoridad, por su lado, tiene la meta y el deber de poner orden: encaminar, dirigir, cortar los flujos de pasiones humanas liberados en las calles y distribuirlos según la conveniencia municipal; esto es, dar sentido al continuo barrido de cuerpos y almas: otorgar plazas y lugares acotados, colocando centros de espectáculo alrededor de los cuales las pasiones humanas se descarguen mediante los ojos, los oídos y el corazón absortos en el arte. La autoridad debe cortar calles para encaminar el flujo hacia el lugar que convenga, y situar titulares de la administración ejerciendo funciones de vigilancia. Eso es lo que dicta la razón. Ahora bien: cosa muy diferente es acompañar todo ese grueso de acciones con un término ideológico no dictado por la razón: el civismo.

¿Cómo? ¿Es que la razón no impone ese tipo de comportamientos una vez se ha asolido una evolución suficiente de la especie humana? ¿Es que la ciudad no es un ámbito completamente alejado de la naturaleza, ajeno a ella, en la que rigen otras leyes - las del civismo? Civismo viene de civitas, ciudad. Así pues cabría concebirlo como algo opuesto al naturalismo y, en nuestros días, al ruralismo. Se trata del compendio de acciones que un ciudadano que merezca ese nombre debe realizar cuando transita por la vía pública y entre los bienes comunes. Pasa por no aparcar el vehículo en zonas prohibidas, por recoger los excrementos de perro, por no depositar las bolsas de basura fuera de los contenedores, etc, etc... Se trata en general de dedicar el mayor respeto posible al mobiliario urbano, es decir, a los derechos pasivos de los ciudadanos.

Bien, muy bien. Todo esto está muy bien. El razonamiento es claro y parece despejar todas las dudas. Pero hay asuntos que no quedan suficientemente matizados: por ejemplo, ¿es la ciudad un ámbito opuesto a la naturaleza? ¿tiene sus propias leyes, distintas de las que rigen en el bosque, por ejemplo? Pues yo he oído en los últimos años que hay que comportarse cívicamente incluso en los bosques. ¿No es eso excesivo? ¿No se recubre aquí el sentido común, mediante cuyo uso se puede de facto llegar a la comprensión de que hay que cuidar los bosques, con la capa perversa de la peor de las ideologías, esa que dice que hay que educar a los ciudadanos, imponerles un comportamiento ejemplar, seleccionar de entre ellos a algunos que no cumplan con su deber para castigarlos y dar ejemplo, utilizar para ello métodos inauditos de investigación como hurgar en las bolsas de basura, en suma, ejercer el poder en su vertiente más controladora para fabricar individuos que se pretendan normales - esto es, inofensivos, corteses, obsesos del orden y la jerarquía?

Exagera usted. Aquí lo que se pretende es, como bien ha dicho, educar a los ciudadanos para mejorar la convivencia. Y nada más.

¡Ah! ¡Así que ahora la educación del ciudadano se ha convertido en algo inocuo! Parece que ha dejado su pasado ideológico en la estacada y ahora es más racional, más neutra, ya no tan ideológica. Usted conoce las estupideces que se cometen cuando las ideologías más férreas, esas tan inconscientes, esas tan arraigadas en el subconsciente humano, como es esta del civismo (o, como le llamo yo, el apasionado delirio por el orden), cuando esas ideologías rigen la conducta de los humanos en comunidad: se llegan a contemplar situaciones absurdas, como la de un policía y una trabajadora social hurgando en las bolsas de basura, y entre cáscaras de plátano y tetra briks medio llenos la búsqueda da sus frutos: un recibo del banco. Entonces se procede a multar a tan desagradable individuo (ya van 25 multas en la ciudad y los correspondientes ingresos para la administración -- ¿?--).

Exagera usted. ¡Exagera usted!

¿Es que las ideologías no provocan, no han provocado siempre, reacciones airadas y agresivas? ¿Es que no son la causa de expresiones tales como "l´afany de l´Ajuntament per desterrar l´incivisme de Sant Cugat"? Explíqueme si no a qué viene el uso de términos como desterrar en ese contexto, así como la agresividad manifiesta no sólo en las actitudes de la vecindad sino en los propios discursos públicos.

Exagera usted...

(Continuará...)

Caos y Orden (Digresión sobre la Fiesta Mayor en Sant Cugat)

Las Fiestas Mayores han finalizado. Mi cuerpo vive en las horas de bruma lechosa de la resaca. Es cierto, no nos engañemos: el alcohol perjudica. Proyecta, sin embargo, los recuerdos que amalgama en una simultaneidad dulce, como de melaza. Sus vapores, ahora ascendidos hacia el cielo ardiente de julio, han envuelto durante cuatro noches y cuatro días las calles repletas, rebosantes y en cierto modo insoportables. ¿Porqué? ¿Qué las hace insoportables? ¿La masificación? ¿La enorme bola sudorosa y berreante del vulgo que delira? Oh, no. La dilapidación de fuerzas y de bienes es una constante de la fiesta; y esta, como decía Bataille sabiamente, es inseparable de lo humano. No se puede honradamente creer en esto al mismo tiempo que se detesta la suciedad, el ruido, el polvo levantado y los rostros desencajados. ¿De qué estoy hablando? ¿Es que de algún modo el alcohol ha trastocado mis capacidades de raciocinio? Es muy sencillo: No se puede mantener con un mínimo de seriedad lo que en realidad es una disyuntiva entre dos conceptos irreconciliables: la fiesta y el civismo. Se me dirá: "sí, lo sabemos, y sin embargo las autoridades estamos obligadas a velar por que así sea". ¿Seremos así de cínicos, así de hipócritas? Bien, bien. Lo entiendo. Entiendo que cada cual debe realizar sus tareas y perseguir unos objetivos. Estos son, para la autoridad, el mantenimiento del orden. Debe existir un equilibrio entre las fuerzas delirantes de la fiesta y el raciocinio calculador del orden. Sin embargo, cuando introducimos con tanta asiduidad en nuestros discursos públicos el término civismo, estamos sin saberlo introduciendo una desigualdad: porque no es lo mismo orden que civismo. El orden es la necesaria aplicación de unos términos normativos dictados por la razón a una situación que, desde el principio, se llama caótica. Estos días el caos de unas mentes y unos cuerpos despojados de normas invade las calles, y el deber de la autoridad municipal es equilibrar los desequilibrios. Ordenar el caos. Pero eso no es civismo: no es tan pernicioso. Yo diría que el civismo es uno de los conceptos más peligrosos que se han creado, sobre todo porque sirve para justificar la imposición a escarnio de unas normas en nombre de una evolución superior de la especie: entonces surgen frases como esta: "ya estamos en el siglo XXI". El civismo es el arma que encuentra la autoridad para justificar el desequilibrio absoluto entre las fuerzas caóticas y el orden: la balanza cae con todo el peso hacia este último lado. ¿Ocurre esto en todo el pueblo? ¿Es en todas partes donde encontramos esta imposición cínica y sutilmente brutal, en todas las calles y plazas? Por supuesto que no. Donde se ha manifestado en todo su esplendor ha sido en el Arborètum. No se ha dejado ni un espacio físico fuera de los ojos avizor de la policía; se ha creado un espacio completamente visible y vigilable mediante el cerco metálico de las vallas y la colocación de potentes focos de luz blanca; se ha registrado en la entrada a toda clase de personas y toda clase de bolsos; se han controlado las calles adyacentes para que los vecinos de l´Eixample Sud pudieran dormir tranquilos; en casos no demasiado extremos, se ha castigado. En suma, se ha consumado el desequilibrio entre las fuerzas caóticas y las del orden, haciendo rígido lo fluido y amenazando a la vista con la presencia de vallas y policías. ¿Y qué es lo peor de todo? Lo peor de todo es que el Diari de Sant Cugat permitiera la publicación, en el apartado de Cartes dels Lectors, de una carta que envía un tal Jordi Robirosa i Dejean, de l´Associació de Veïns de l´Eixample Sud, en la cual los mismos ciudadanos, que en principio deberían apoyar las iniciativas festivas, sacian el ansia de venganza que puebla sus resentidas almas colocándose del lado de la autoridad y apelando al civismo. Esa carta despide un olor a debilidad, a bajos instintos y pasiones cobardes no dignas de un ser humano que así se considere. Es curioso: utiliza las mismas armas discursivas y oratorias que la autoridad; es como un chivato. Empieza muy educadamente afirmando que la intención de la vecindad no es ni muchos menos suprimir el catálogo de Fiesta Mayor, y acaba por desplegar el elenco perverso de todas sus peticiones como si fuera un manual de la manutención del orden social. ¿A quién engañan esta clase de personas? ¿A nosotros, los caóticos? ¿A sí mismos? La primera respuesta es negativa; la segunda, probablemente también. Entonces, ¿engañan a la autoridad, cundo finalmente esta ha decidido cambiar de sitio el concierto del domingo por la noche porque "al día siguiente hay que trabajar"? Quizás tampoco. Quizás la autoridad sabe muy bien lo que hace: a qué vecinos da poder y a qué vecinos no. Resulta que nadie engaña a nadie; ya somos todos mayores.
Un apunte, para terminar. Doy mi mano a estrechar al autor del reportaje La nit a Sant Cugat: un estira-i-arronsa entre bars de nit i veïns, por su concisión y sobre todo su opinión final, que yo completaría, y probablemente él/ella también -pero sabe qué es lo políticamente correcto y lo que no. Es un ejemplo de cómo en esta ciudad los vecinos regalan sus mentes a la autoridad, e incluso le proporcionan ideas de cómo acabar de una vez por todas con las fuerzas caóticas e instaurar una dictadura del silencio, el orden y la cortesía. Hay, amigos, que lamentarse por ello.

1ª Sección del capítulo IV de "Torre Negra" - Sant Cugat: de la posguerra a la actualidad

Desde hace años sólo se ven mercedes, audis y todoterrenos En las zonas periféricas del pueblo cercanas a la montaña se asentaron humanos de gran poder desde que -en los años veinte- un grupo de ricos canadienses llegó con la barbilla alta para construir un campo de golf, y las clases altas barcelonesas percibieron las garantías paisajísticas, de sosiego y de cercanía con la ciudad que la cara oeste de Collserola ofrecía. En medio siglo las fastuosas torres proliferaron salpicando la montaña, creando paraísos vacacionales junto a los antiguos caminos del bosque, que vieron cómo en ese corto período de tiempo su natural estética oliente a misterio y a leyenda trocaba su fijeza temporal por un mundo de humanos sujeto a los cambios de la moda, el dinero y el poder. Divas de Pedralbes en bañador con calabazas colgadas en la cintura flotaban como perrillos cobardes en las piscinas, mientras médicos barbudos de estética decimonónica tiroteaban a los jabalíes y a las perdices y a cualquier elemento faunoso en movimiento. De vez en cuando paseaban vanidosamente sus coches flamantes cerca de la estación, seguros de generar envidias y deseos, pues se sentían sujetos de los sueños nocturnos y diurnos de los que abajo vivían. Eso era los domingos, completamente almidonados y habiendo regalado previamente un nuevo paraguas o un nuevo abanico a las mujeres-estatuas-divinas que, quizá con un poco más de vergüenza -pues el instinto maternal tiende a nivelar el valor de los seres- y con menos orgullo, descendían de los autos con sus de todas formas pretensiones de muestra y exhibición de lujo. Aquello, como es natural, no dejaba de ser algo risible para los que sentados cómodamente en sillas de mimbre barato en la plaza del bar Catalunya tomaban sus olivas con cañas o Cinzano, los mismos que los días de cada día torcían sus espaldas en operación quirúrgica con la tierra o la viña y trataban con amarillos medicamentos como el azufre a sus queridas vides. No podía dejar de producir envidias o anhelos, por el contrario, en los corazones débiles de las muchachas que tan tristemente levantaban sus cuerpos lozanos y desaprovechados cada mañana a las cuatro para ir a tejer, completamente de noche y a sabiendas del rostro de perro aburrido que las esperaba, emitiendo gruñidos secos y garbanciles con su aliento a chorizo fermentado en rudo estómago -rostro del que más tarde sólo veían el cogote inclinado en la mesa del despacho a través del ventanal, pero que ya les amargaba la mañana y el día entero y el rato justo antes de ir a dormir. Lo que es seguro es que indiferencia provocaba a pocos, todo lo más una indiferencia fingida por los jóvenes que decían que ya estaban bien con lo que tenían y que para qué querían ellos tanto dinero. Entre los cuales se encontraba Ramón, aquel joven medio apuesto medio no y medias tintas con la ropa -porque había pertenecido a familia trabajadora pero más o menos bienestante hasta que la guerra liquidó las pertenencias y arrojó a una miseria de diez años a sus componentes. Su conciencia le separaba del sindicalismo oprimido por la época -pues el mismo alcalde cenetista había estado a punto de disparar contra su padre durante la Guerra-, y le separaba también del castizo españolismo dominante pues sentía un equivalente encono contra las imposiciones a cuchillo. Corría por sus venas un liberalismo pueblerino y familiar, universalizado por el cine americano y la aparición del swing y las big bands y toda aquella cultura popular democrática que se desprendía de las películas más o menos censuradas por el régimen. Por tales razones tendía a despreciar aquellos actos de exhibicionismo un tanto patético de los domingos, no del todo sin sentir cierto rencor esquinado en su mente. Como a muchos otros sucedía, siempre encontraba lugar a marcharse de casa y sentarse en las escaleras de la estación esperando la llegada de los burgueses junto a los otros jóvenes criticones, formando bandada furiosa.
Desde hace años sólo se ven mercedes, audis y deportivos Pasaron los años y las ricas burguesías dejaron de descender para mostrar sus lujos. El pueblo fue poco a poco convirtiéndose en ciudad y las familias enmiseradas por la guerra adquirían progresivamente ciertos bienes para mantener a sus familias realizando gran cantidad de horas extras. El trabajo proliferaba, llegaban hornadas de inmigrantes en masa del Sur y de la meseta meridional que generaron urbanismo -un urbanismo que transformó radicalmente el paisaje viñal y campestre, superponiéndole vastos barrios residenciales de casa ocre y pobre, de piso de obra vista y más tarde de colores setenteros como el verde y el amarillo. El pueblo caminaba hacia aquel ideal democrático no del todo despojado de mano dura que en las películas americanas, cada vez menos censuradas, los ya no tan jóvenes recién casados veían confirmarse en su tierra natal. El corte seco, abismal, que en la posguerra tallaba con nitidez las clases sociales -y gracias al cual los hombres barbudos y las divas de Pedralbes sentían legitimados sus paseos domingueros- cicatrizaba por lo menos en apariencia, pues la gente dejó de hacer caso a las incursiones de los que en la montaña cómodamente vacacionaban, inmersa como estaba en el día a día familiar y en las nuevas aunque todavía duras oportunidades de subsistir. Ignorados, los ricos doctores y notarios seguían matando jabalíes los fines de semana, y dedicaban ya muy poco tiempo a la ostentación, mientras en el pueblo comenzaban a verse los primeros seiscientos conducidos por gente humilde y los primeros televisores, jerseys a la moda y faldas cortas no bien vistas todavía. Y allí crecía Ramón, ya no de cuerpo sino de espíritu, enfangado hasta las orejas de horas extras y sin embargo pleno de vigor y autonomía. Su pretendida indiferencia había olvidado su antiguo objeto y ahora se dirigía hacia el patrón de la panificadora, al que consideraba un hombre fútil y ávido de mando, que no tenía riquezas que mostrar y al que sin embargo la exhibición de su poder -en la realización de los cuadrantes de horas semanales y el suministro de órdenes- deleitaba. No obstante, frente al crecimiento de los sindicatos años más tarde y cuando Ramón ya tenía puesto asegurado en la fábrica, sintió el mismo desprecio que se generó en su interior hacía ya cuarenta años por los que consideraba igualmente deseosos de mando y proclives a la gandulería. Detestaba el grito al compañerismo de hombres que nunca habían sido capaces de acabar su trabajo y de mantener a su familia en silencio, los mismos hombres que en los momentos de tensión escondían su cabeza tras la máquina de enlazar nylon. Pese a todo, Ramón sigue enamorado de aquella época en que las libertades emergieron a su juicio sin el manto de la autoridad del todo despojadas. Y eso es porque él nunca se ha metido en política, porque sus convicciones son de calibre vital y autosuficiente y no han conocido nunca la resignación a un bando o a otro -con las consecuentes acusaciones de que fue objeto y las miserias que todo aquello le produjo. De natural obstinado, jamás ha abandonado su juicio a una opinión aceptada, porque eso le hubiera costado más de un disgusto consigo mismo, y los disgustos son mejores cuando alguien de fuera los causa que cuando uno mismo puede atribuirse la culpa.
Desde hace años sólo se ven mercedes, audis y monovolúmenes Sin embargo, si la especulación inmobiliaria en los años sesenta como mínimo había constituido síntoma de democratización y había abierto el pueblo a las nuevas formas de vida -expulsando del paisaje urbano aquellas clases estrictamente vacacionales y ociosas de los domingos en la estación-, no puede decirse lo mismo de los negocios de lucro desorbitados que a partir de los ochenta enraizaron en el pueblo. Pueblo al que en el año 1977 ya se otorgó la categoría de ciudad, y que fue objeto años más tarde del encarecimiento de los terrenos y de la propaganda dirigida otra vez -en los noventa- a los nuevos ricos, que provenían en parte de las mismas familias pedralbeñas y bonanovenses que antaño paseaban por la estación. Con esta propaganda modernizada, haciendo gala de la adecuada-a-sus-gustos y nueva urbanización exacerbada de los terrenos, la ciudad -o el pueblo- se convirtió en un nido residencial de parejas de sueldo alto, a las que se puede contemplar paseando de un lado al otro de Santiago Rusiñol, y del Monasterio a la estación, también los sábados por la tarde y los domingos -conducidos por la misma necesidad de dejarse ver que sus antepasados (en sangre o no) y sin embargo escudados en la privacidad exclusiva y en sus derechos de contribuyentes. Existe un uso y un abuso de las infraestructuras municipales, una totalitarización de los recursos -concentrados en los grupos políticos-, un tráfico de influencias en los accesos a nuevas viviendas de precio-por-las-nubes, un intervencionismo del Ayuntamiento en la totalidad de las organizaciones populares -una politización de la vida cotidiana, oculta, sutil. Ramón ha visto cómo de nuevo, y ahora más que nunca, el pueblo es invadido por clases sociales poderosas -aunque sabe que en muchos casos se trata de un quiero-y-no-puedo patente. Ha observado la apropiación de la vida del pueblo, -o de la ciudad- por parte de una clase política que cada día se cuelga más medallas con arrogancia y premeditación, y que esconde su cabeza y protege sus argumentos tras la rodela blasonada de la prosperidad. Cincelador de cara agria, el alcalde, venido de Barcelona para convertir de una vez por todas la cara oeste de Collserola en el paraíso terrenal que la Gran Barcelona anhelaba desde hace ya más de setenta años, pasea también los domingos por la tarde por el centro y el casco antiguo, entre las gentes privadas y las parejitas de alto sueldo, arreglando de vez en cuando una papelera en mal estado y apuntando en minúscula libretita otros defectos escrutados en su centro antiguo, gracias a él reformado. Y Ramón lo ha visto, ha tenido que ver cómo dos de sus hijos dejaban el pueblo para vivir en ciudades más asequibles; ha visto cómo sus años queridos se han desvanecido -esos años de cualidades tranquilas y de una humilde prosperidad- dejando lugar a un nuevo y monstruoso estraperlo legalizado que ya, cerca de su muerte, desdibuja la ilusión de aquellos años en que sus hijos nacieron. Si las contradicciones son humanas, Ramón es puro ser humano, pues adolece al mismo tiempo de ese deseo de que la política le escuche -que todo hombre de inteligencia media siente alguna vez en su vida- y del despecho que creció en su interior por toda opción de vida que no fuera privada y familiar. Por lo que su consuelo, pese al desencanto, es mucho: ha visto crecer a tres hijos.