Es lugar común en mi experiencia el haber topado con frases como esta al encuentro con personas de otros municipios: ¡En Sant Cugat no hay más que pijos!... Las rancias políticas que han arraigado en el pueblo durante los últimos veinte años -¿me quedo excesivamente corto?- han contribuido a sostener esa clase de afirmaciones. Se ha creado en el exterior la imagen de un ciudadano que trabaja y duerme, escaso en energías e incapaz de actuar fuera del ámbito familiar. Esta imagen descansa sobre su complementaria: la matriz, la Ciudad Dormitorio que acoge las vidas insulsas de los pijos. Así, el exterior entiende que el dinero ha traído a la ciudad el sedentarismo, la pereza y la conformidad.
No soy quién para emitir un juicio sobre esto. Sencillamente me libraré de tan enojosa tarea diciendo que la situación actual no es más que la consumación y la puesta a punto de aquella otra que la Gran Barcelona anhelaba a principios de siglo: anexionarse la cara occidental del Collserola mediante la proliferación de grandes capitales vacacionales - (recordemos la perforación de la montaña...).
Y sin embargo esto debería ser una obviedad: en Sant Cugat no hay sólo pijos. Existe la clase media -esa clase media/baja contemporánea-; hay incluso pobreza (la revista On?Sant Cugat publicó no hace mucho un artículo al respecto - para incrédulos). Hay -diría yo- una masa social variopinta, polivalente, capacitada en muchos aspectos para cambiar la boba imagen que de nosotros se tiene en el exterior. No obstante ello no es posible si son los políticos los que siguen inventando a la ciudad; es la ciudad la que debe hacerlo -y con esto digo, sí, que los políticos jamás serán la ciudad-. Tampoco cambiará nada si se deja en manos de los que se autodenominan artistas, esos que en lugar de crear reproducen; esos que odian que se les aplique el calificativo pijo.
Entonces, ¿qué más hay? ¿qué es lo que hay que hacer? Sant Cugat tiene un pasado estrambótico. Y no me refiero a los abates ni al Monasterio: me refiero al siglo XX. Mis investigaciones en los últimos meses han dedicado su tiempo a la historia local del último siglo; he consultado archivos y libros de historia. No obstante, he otorgado mi tiempo, por encima de todo, a los relatos orales, y para mi sorpresa descubro que en la ciudad han sucedido cosas increíbles: historias de amores heridos y pasiones asesinas; historias de suicidios; de refugiados de la II Gran Guerra que aparecieron por las inmediaciones y fueron acogidos por gente pobre y creativa; en fin, todo eso que no tiene relevancia histórica. Y eso, hoy, es un problema. Se lo relega al ámbito de la anécdota. Oigo hablar a los jóvenes de la Guerra Civil con una pasión participativa que mis padres, que vivieron la guerra, no muestran al hablar de ella. Oigo odiar a gente que no conoce aquello de lo que habla; y me harta. Creo que este pueblo -o esta ciudad- está más que nunca necesitado de un proceso de reinvención: hay que crear, producir, con las armas de la tradición oral, historias rocambolescas de seres humanos que aprisionaban dentro de sí más pasión que todos nosotros juntos. Hacer campear la imaginación sobre la ciudad, y tanto mejor si lo que se crea es un corpus de ficciones increíbles; para al menos modificar la imagen que se tiene de nostros; para al menos modificar la imagen que tenemos de nosotros mismos. Los escritores de esta ciudad -que los hay- tienen, y yo mismo suscribo esto como escritor, una buena tarea: emplazar personajes ficticios en los escenarios de Sant Cugat, pasados y presentes, utilizar las historias que surjan de una simple contemplación de la Torre Negra, de una especulación sobre el misterioso Casino de l´Arrabassada, de una visión de un proscrito republicano por los bosques de Can Borrell, de los crímenes del cojo de Lorca. De otro modo, ni lograremos cambiar aquella imagen, ni se aprovechará el potencial figurativo del pueblo. Y la literatura local serán libros escritos por pijos y para pijos.