La distinción entre orden y civismo que establecí en mi último artículo pudo no ser entendida. Allí diferenciaba entre un orden natural y el concepto de civismo. El orden natural lo encontramos en la naturaleza y en el sentido común: la razón nos dicta unos principios, en lo social casi en su totalidad pragmáticos, según los cuales hay que imponer unas directrices a una masa social desbocada que llamé caótica. Es evidente per se que eso que se ha llamado an-arquía no es sólo inviable, sino indeseable. Es completamente sencillo entender esto: que el caos social son siempre flujos descontrolados de pasiones humanas. La autoridad, por su lado, tiene la meta y el deber de poner orden: encaminar, dirigir, cortar los flujos de pasiones humanas liberados en las calles y distribuirlos según la conveniencia municipal; esto es, dar sentido al continuo barrido de cuerpos y almas: otorgar plazas y lugares acotados, colocando centros de espectáculo alrededor de los cuales las pasiones humanas se descarguen mediante los ojos, los oídos y el corazón absortos en el arte. La autoridad debe cortar calles para encaminar el flujo hacia el lugar que convenga, y situar titulares de la administración ejerciendo funciones de vigilancia. Eso es lo que dicta la razón. Ahora bien: cosa muy diferente es acompañar todo ese grueso de acciones con un término ideológico no dictado por la razón: el civismo.
¿Cómo? ¿Es que la razón no impone ese tipo de comportamientos una vez se ha asolido una evolución suficiente de la especie humana? ¿Es que la ciudad no es un ámbito completamente alejado de la naturaleza, ajeno a ella, en la que rigen otras leyes - las del civismo? Civismo viene de civitas, ciudad. Así pues cabría concebirlo como algo opuesto al naturalismo y, en nuestros días, al ruralismo. Se trata del compendio de acciones que un ciudadano que merezca ese nombre debe realizar cuando transita por la vía pública y entre los bienes comunes. Pasa por no aparcar el vehículo en zonas prohibidas, por recoger los excrementos de perro, por no depositar las bolsas de basura fuera de los contenedores, etc, etc... Se trata en general de dedicar el mayor respeto posible al mobiliario urbano, es decir, a los derechos pasivos de los ciudadanos.
Bien, muy bien. Todo esto está muy bien. El razonamiento es claro y parece despejar todas las dudas. Pero hay asuntos que no quedan suficientemente matizados: por ejemplo, ¿es la ciudad un ámbito opuesto a la naturaleza? ¿tiene sus propias leyes, distintas de las que rigen en el bosque, por ejemplo? Pues yo he oído en los últimos años que hay que comportarse cívicamente incluso en los bosques. ¿No es eso excesivo? ¿No se recubre aquí el sentido común, mediante cuyo uso se puede de facto llegar a la comprensión de que hay que cuidar los bosques, con la capa perversa de la peor de las ideologías, esa que dice que hay que educar a los ciudadanos, imponerles un comportamiento ejemplar, seleccionar de entre ellos a algunos que no cumplan con su deber para castigarlos y dar ejemplo, utilizar para ello métodos inauditos de investigación como hurgar en las bolsas de basura, en suma, ejercer el poder en su vertiente más controladora para fabricar individuos que se pretendan normales - esto es, inofensivos, corteses, obsesos del orden y la jerarquía?
Exagera usted. Aquí lo que se pretende es, como bien ha dicho, educar a los ciudadanos para mejorar la convivencia. Y nada más.
¡Ah! ¡Así que ahora la educación del ciudadano se ha convertido en algo inocuo! Parece que ha dejado su pasado ideológico en la estacada y ahora es más racional, más neutra, ya no tan ideológica. Usted conoce las estupideces que se cometen cuando las ideologías más férreas, esas tan inconscientes, esas tan arraigadas en el subconsciente humano, como es esta del civismo (o, como le llamo yo, el apasionado delirio por el orden), cuando esas ideologías rigen la conducta de los humanos en comunidad: se llegan a contemplar situaciones absurdas, como la de un policía y una trabajadora social hurgando en las bolsas de basura, y entre cáscaras de plátano y tetra briks medio llenos la búsqueda da sus frutos: un recibo del banco. Entonces se procede a multar a tan desagradable individuo (ya van 25 multas en la ciudad y los correspondientes ingresos para la administración -- ¿?--).
Exagera usted. ¡Exagera usted!
¿Es que las ideologías no provocan, no han provocado siempre, reacciones airadas y agresivas? ¿Es que no son la causa de expresiones tales como "l´afany de l´Ajuntament per desterrar l´incivisme de Sant Cugat"? Explíqueme si no a qué viene el uso de términos como desterrar en ese contexto, así como la agresividad manifiesta no sólo en las actitudes de la vecindad sino en los propios discursos públicos.
Exagera usted...
(Continuará...)
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