Este libro clásico plantea un problema crucial. Es un problema político, si queréis, y sin embargo profundamente humano. Porque los seres humanos no son seres aislados, envueltos en la grasa del solipsismo, sino entes permeables, atravesados constitutivamente por la naturaleza y lo que últimamente se llama entorno. A mí no me gusta ese término porque conserva el significado central que se ha dado al hombre en la historia del pensamiento, occidental o no. Lo que está fuera, lo que nos rodea, está en torno a nosotros, esto es, que el hombre es un centro que recibe y procesa las fuerzas naturales, además de las otras subjetividades -y que por lo tanto recibe en su seno la naturaleza tanto como la sociedad. Pero eso no es del todo cierto. ¿Es que hay tantos centros como personas hay en el mundo? ¿No tiene esto, todavía, algo de geocéntrico, de etnocéntrico, de todos esos adjetivos bajo los que subyace la soberbia humana? Se recae en un solipsismo recuperado si se utiliza esa palabra. Medio es algo más acertado, pues el medio es medio en sí mismo, sin intervención humana. Sin embargo, semánticamente me provoca también desazón, pues parece que ahora somos nosotros los que vivimos en medio de algo, algo que nos trasciende y nos influye indefectiblemente, y que escapa a nuestro control. No voy a proponer un término. No soy capaz de acuñarlo sin sentir un poco de vergüenza. Creo que con una simple frase, nada sistemática y por supuesto sujeta a múltiples interpretaciones, podría definir aquello que entiendo como la relación del hombre y la naturaleza: “lo más profundo es la piel”, decía André Gide. “No creo en las profundidades”, sonreía Josep Pla a Joaquín Soler Serrano, precisamente en torno a la frase de Gide. Esto es: el hombre no es centro de nada, ni del mundo, ni de sí mismo, sino una especie de membrana hipersensible que encierra sensaciones, emociones, pensamientos. Los encierra como un envoltorio de plástico fino contiene al agua: consistente y dificultosamente. Los contactos del hombre con la naturaleza no lo son con el entorno, ni con el medio: ni siquiera son “contactos” de dos realidades opuestas o diferentes. Hombre y naturaleza son la misma realidad, y los dos términos son separables únicamente mediante una abstracción hecha con el pensamiento -humano-. Por esa razón el pensamiento ha confundido a menudo al hombre: porque se ha concebido a sí mismo separado de la naturaleza, cuando la verdad es que la razón es un simple modo de ser de aquella.
La Saga/Fuga de JB recupera este problema. Una comunidad humana, la que conforma Castroforte del Baralla, ha vivido durante siglos en el más perfecto aislamiento, que surge cuando un pueblo sólo se acuerda de sí, mientras que los demás, aquellos que quedan fuera, lo olvidan adrede: ciudad “misteriosamente soslayada por los cartógrafos”, Castroforte tiene una historia propia, una elaboración tanto más detallada de mitos propios cuanto que nadie ni nada que no haya surgido de su interior ha colaborado en la formación de su imaginario -excepto quizá el Almirante John Ballantyne, marinero irlandés que al fin acaba por liberar Castroforte de los franceses y pasa a formar parte de su panteón estimado. Ni siquiera las poleis griegas reconocían para sí ese tipo de aislamiento total, de independecia moral e histórica que Torrente Ballester atribuye a su ciudad imaginaria. No podemos más que considerarla un símbolo: pero ¿de qué? Símbolo, en primer lugar, del amor a la tierra. Esto es, de ese enloquecido clamor por los paisajes, los ríos y las montañas sobre los que vive una comunidad. El apego a la Mater Terra o matriz de nuestros cuerpos. Símbolo, en segundo lugar, del amor por una historia concreta y propia, tanto más cuanto que ha sido construida por los propios ciudadanos ilustres que han habitado Castroforte (en el libro, toda la saga de los J. B., que después de la muerte pasan a ser mitificados ellos también como entes imaginarios, heroicos, fundadores). Es el sentimiento de pertenencia o apego a una historia colectiva, matriz de los espíritus. Estos dos símbolos son aplicables a cualquier comunidad o grupo, con la diferencia de que en Castroforte los poderes administrativos que ejercen desde el exterior (Villasanta de la Estrella, la diócesis de Tuy, Madrid) nunca han sido partícipes de la construcción de una identidad colectiva, pues la Saga se mantiene en un riguroso secreto generacional; en todas las comunidades, casi sin excepción, la intervención de un poder extraño colabora siempre en la constitución futura de una identidad colectiva (mestizajes, apropiaciones lingüísticas y religiosas, etc...). No ocurre así en Castroforte, como he dicho, y eso creo que me autoriza a discernir en el libro un tercer nivel simbólico: el propio del aislamiento o solipsismo colectivo. En efecto, la ciudad de Castroforte tiene una peculiaridad que forma parte de su idiosincrasia general: levitar sobre la tierra. ¿Cuándo ocurre esto? “Cuando está ensimismada”, dice el protagonista individual, José Bastida. Cuando una misma cuestión, un mismo miedo, una emoción común de temor recorre las calles y las almas de Castroforte acaece un fenómeno sobrenatural y eminentemente simbólico: la levitación, el alejamiento de la ciudad del resto del mundo, dejando bajo sí un rastro de tierra removida y raíces arrancadas, rodeándose de una espesa niebla impenetrable. La ciudad vuela. Se ensimisma. Se aísla, se separa del mundo, encriptándose en sus preocupaciones de identidad, sometida al más estricto miedo a lo extraño. Coincide que, cuando Castroforte levita, siempre es debido a alguna idea relacionada con el temor a la pérdida de la identidad histórica (entrometimiento de las autoridades centrales, inquisiciones de los párrocos de la iglesia, que siempre han considerado el ideario castrofortino como sacrílego y pagano).
Antes dije que esta obra planteaba un problema político. Sin embargo, en toda la digresión que seguía a este aserto no se ha mencionado para nada la política. He debido esperar a hablar del libro para sonsacarme este tema. He debido rondar por la filosofía, hablar un poco de ontología. ¿Qué sentido ha tenido ese rodeo?
Es muy importante. Algunos suelen decir que a ellos les parece muy bien plantear las cosas filosóficamente, para justo después aclarar sus palabras con un “pero prefiero hablar del día a día...” Muy bien. Igual que yo. Yo hablo del día a día. De los trabajos y las horas. Del tiempo que pasa. De lo que ocurre en el mundo, en el de otros y en el mío. Y ahora, ¿qué querrán decir esos hombres del día a día? Repito: es muy importante. El aislamiento, el solipsismo, no como tema filosófico, sino como tema político, y cómo no –y esto lo dejará bien claro-: ético...
Antes dije que la razón, el pensamiento humano, no es más que un modo de existir de la naturaleza. Este motivo spinozista me lo creo de verdad. Ahora aclaro que la naturaleza tiene muchos modos de existir. Los cuerpos, en general, son un modo de existir de la naturaleza. Creo que este presupuesto me autoriza a afirmar que el hombre no es más que una membrana poco sólida permeada constantemente por fuerzas naturales, por el dinamismo insaciable de la Natura Naturans. Sin embargo, como procesador de esas fuerzas, él mismo es Natura Naturans, al mismo tiempo que Natura Naturata: objeto y sujeto de creación constante. ¿Nos autoriza esa “membrana” a hablar de un adentro y un afuera? Metaforicemos: un tejido, cualquier tejido resistente. ¿Resiste la permeación del agua? Y si lo hace, ¿resiste la de un punzón de hierro? Ocurre lo mismo con el pensamiento: ¿resiste un ser humano en el solipsismo, una comunidad en el aislamiento? Para nada. La influencia no deja de hacerse sentir, en forma de emoción, de sensibilidad, de trastocamiento de nuestras ideas más estables. Camino por la Rambla del Celler, a mediodía, es la hora de comer. Mi cuerpo permanece en el conato instintivo del hambre. Ahora, veo un rostro. Se parece a alguien: al hijo del Dalmau. El Dalmau era, hasta hace menos de un mes, un gran amigo de mi padre. Murió, enfermo. No puedo evitarlo, y es cierto, no puedo: una vaga emoción, brumosa, sube por mi cuello, y creo ciertas horribles imágenes en las que veo a mi padre muerto. Pero mi padre está vivo. Está en casa, esperándome junto a mi madre, con un plato de col y tocino humeante sobre la mesa. Ni siquiera sé si aquella cara hirsuta y demacrada pertenecía al hijo del Dalmau. Acabo de traicionar un pacto que realicé conmigo mismo, hace unos meses, según el cual iba a expulsar esas ideas tormentosas de mi cabeza costase lo que costase. En fin, una sensación incierta provoca una emoción vana y trastoca en parte mis ideas. La influencia se ha consumado. Tras la membrana, tras la piel, todo trabaja, todo crea. Pero la membrana es simplemente la vía de comunicación entre dos lugares. Ni siquiera hay adentro ni afuera, sino acontecimientos en cadena, concatenados, ordenados según el azar o la naturaleza de las cosas.
Volvamos al tema: el solipsismo, el aislamiento. James Joyce nos mostró cómo podía ser la vida interior de las personas, estas que caminan por la calle día tras día, con paso pesado hacia el trabajo o hacia el bar, con ojeras o con rostro rutilante, a la fábrica, la oficina o el colegio. El monólogo de Molly Bloom es la corona de esa técnica discursiva que por medios artificiales nos da esa cruda realidad que es el pensamiento común, del día a día, de una mujer frustrada, encallada en el adulterio y en los recuerdos rancios, en las ilusiones un tanto mustias de una mujer de edad avanzada aunque de buen ver. La vida interior, esa creación inagotable de pequeñas vidas, los recuerdos, las imágenes, las vergüenzas y los odios minúsculos son torbellinos psíquicos rapidísimos, acontecimientos que hemos convenido en llamar “interiores”, pues suceden tras la membrana; sin embargo, están concatenados con otros sucesos que acaecieron cuando la membrana estaba ligada a ellos, tales como el adulterio cometido, la visita a un hotel, etc. Hasta la más profunda vida “interior” -para ser más exactos: el cavernoso fluir de la psique- debe reconocer su ligazón indisoluble –rompible sólo por el paso del tiempo, que nos liga a otros acontecimientos- a los acontecimientos del supuesto “exterior”.
Lo he dicho antes con referencia a Castroforte del Baralla: toda sociedad, o para ser más exactos, comunidad humana, construye su “identidad” a partir, o “en”, la influencia. La influencia siempre es mutua. Los asentamientos humanos, en valles, colinas o montañas, son permeables al paisaje, al agua que recorre la tierra y que la limita, al mundo animal y vegetal, y además, a otros asentamientos. Los poderes extraños nos permean. Tocan la membrana hipersensible del reducto comunitario. Abrazan los valores de una sociedad, los moldean de forma diferente, los trastocan introduciendo en ellos otro tipo de legitimidad, otro tipo de verdad, sacuden estructuras. Hasta el punto –ese punto álgido del pensamiento- de que tampoco al hablar de sociedades se puede usar la dicotomía “interior/exterior”. La influencia, como movimiento absoluto de la naturaleza, nos hace creadores y creados.
He ahí el problema político: ¿nos daremos cuenta de una maldita vez de nuestra permeabilidad? ¿de que como sociedad no somos más que una membrana que se estremece a cada momento? ¿de que un “ensimismamiento” como el de Castroforte no lleva más que a dos cosas: a la levitación, a la huida, a la evasión, al querer ser otra cosa que la naturaleza, o a una Guerra del Peloponeso entre poleis irritadas? Quizás no seremos capaces de cambiar la historia. Y cambiar la historia es trocar lo que ella tiene de repetición. Ahora todo parece cambiar. Todo se ha renovado. Los valores modernos parten del presupuesto de que cambian la historia. Sin embargo, mirad bien, en las entrañas de la modernidad: la liberación de la mujer conduce no a una verdadera liberación, sino a un nuevo racismo de género –que es el mismo, repetido, aunque a la inversa: el macho es un ser degradado... El antiracismo conlleva un racismo a la inversa: el hombre blanco es el degradado ahora... Esos valores no cambian nada. No existe liberación por el momento. Y eso es debido a la insistencia, vanidosa, del ser humano en crearse una identidad con piel de cocodrilo.
He ahí el problema ético: la creación de unos valores basados en el “antiensimismamiento”. Al final del libro, Castroforte levita por última vez: esto es, se aísla de forma total en los cielos brumosos de las Rías de Galicia. De ahí su "Fuga" final, la fuga o evasión de una Saga que, por autoaislamiento, ha perecido en una identidad ya insostenible. El problema ético fundamental que plantea este hecho es, lo quisiera o no su autor: basta de solipsismos, de aislamientos, de tejidos impermeables; he ahí mi consigna: ¡convertíos en membrana!